Con la lección bien aprendida, después del famoso timo, decidimos volver al día siguiente a la Plaza Tian’anmen para visitar la Ciudad Prohibida. En un día habíamos pasado de inocentes y atontados guiris a turistas de nivel avanzado. Las pobres estudiantes chinas que se acercaban a nosotros hablando inglés, con la clara intención de pescar algo, quedaban asombradas ante mi despliegue de extravagancias. Curiosamente, mi rabia por lo ocurrido en la noche anterior no se reflejó en forma de bordería o maneras desagradables. Al contrario, con mi mejor sonrisa, cuando ellas me preguntaban de dónde éramos, yo les respondía cosas como “Culonga Butonga que Tumba que Ponga” y señalaba al sol con las dos manos al aire. Las incansables timadoras sonreían estupefactas y volvían a la carga con nuevas frases en inglés mientras Lupe se partía de risa. Al final, todas iban desistiendo por cansancio pero para mí, cada segundo que nos seguían para nada y cada cara de asombro que conseguía de ellas, era como una pequeña victoria… una manera de desquitarnos del mal sabor de boca.
Así, entre risas y tonterías, llegamos a la insufrible cola de la Ciudad Prohibida, donde no pudimos reirnos tanto. El gentío, en un 99,9% de origen chino, se agolpaba para conseguir entradas y el calor nos aplastaba sin piedad. Pero al fin, después de una hora de espera (o eso nos pareció), pudimos acceder a la famosa Forbidden City. Debo reconocer que mereció la pena, aunque conocimos a algunos viajeros durante el viaje a los que no les había entusiasmado especialmente. Por mi parte, recomiendo su visita a todos los que viajen a Pekín.

Puerta Tian'anmen con retrato de Mao
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